La ciencia en nuestra sociedad

El artículo que hoy publico no es mío. Es un fragmento del prólogo del libro “Las mil y una bases del ADN y otras historias científicas”. Y en mi opinión pone el dedo en la llaga. A ver si os gusta.

Los científicos suelen ser tenidos por personas sabias en lo suyo, aunque generalmente desentendidas del común quehacer de los mortales. No es tanto aquello de la torre de marfil en la que supuestamente viven encerrados y alejados del mundanal ruido, cuanto una cierta disposición a hacer de las suyas sin tener mucho en cuenta las posibles repercusiones de su labor.

Se trata, no es necesario decirlo, de un estereotipo, tan injusto como todos los estereotipos, pero que ha aparecido y se ha mantenido por toda una serie de razones, la mayoría endebles aunque siempre hay alguna más sólida. Una de estas razones que quizá naya servido de sustento con cierta justicia al estereotipo es la tendencia de los profesionales de la ciencia a ignorar al pueblo llano. Por una parte, por considerar —con razón— que dicho pueblo llano difícilmente va a entender las múltiples complejidades y sutilezas de su trabajo; y quizá también por considerar —esta vez sin razón— que al pueblo llano ni le va ni le viene lo que la ciencia vaya descubriendo y haciendo.

En general, el científico que divulga es mal visto por casi todo el mundo. Los suyos le repudian por “descender”, dicho sea entre comillas, al nivel de los más ignorantes y molestarse —se supone que inútilmente— en explicar las cosas de manera inteligible. Y las personas ajenas al conocimiento científico más especializado suelen huir, con cierto horror, de todo aquello que signifique “ciencia”, noble palabra que, sin embargo, es tenida inmediatamente por sinónimo de “difícil cuando no incomprensible” y “aburrida cuando no inquietante y hasta peligrosa”.

En España, el pensamiento anticientífico y antitecnológico de Unamuno y los suyos, que consideraban como frutos del espíritu humano a las artes y las letras, y como excrecencias del cuerpo humano la ciencia y la tecnología —exagero apenas…—, ha llegado a calar hondo.

Y todavía hay quien piensa que hay una cultura noble y defendible, aunque paradójicamente sea minoritaria: la cultura artístico-literaria. Y una cultura de segunda, suponiendo que sea cultura, que englobaría los saberes tecnocientíficos que los humanos de hoy deberíamos ser capaces de compartir.

La situación no puede ser más absurda. Sobre todo si se considera que la ciencia y la tecnología son omnipresentes en la vida de los ciudadanos de hoy. Unos ciudadanos que cada vez saben menos de esas cosas, y lo que aun es peor, cada vez parecen mostrar menos interés en saber cosas acerca de los cómos y los porqués del mundo que les rodea.

¿Cómo recuperar esa curiosidad de las personas por el entorno en que discurre su vida cotidiana? No solo para satisfacer su interés sino también para remansar muchas de sus inquietudes, a menudo infundadas. Y sobre todo para que tengan un criterio mejor formado acerca de las cosas que le competen, de cerca o de lejos, y que tienen casi todas relación próxima o remota con el mundo tecnocientífico.

MANUEL TOHARIA

Director del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia Presidente de la Asociación Española de Periodismo Científico

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