El valor educativo del silencio

El silencio es una herramienta educativa porque nos entrena para aprender a escuchar, nos alfabetiza para buscar palabras exactas con las que dialogar, nos permite descubrir que dialogar es algo más que intercambiar frases, ideas o expresiones.

Si tenéis un ratito leedlo despacio, pues tiene poco desperdicio. Está tomado de un artítulo de AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA, Profesor titular de Filosofía del derecho, Moral y Política. Universidad de Valencia. Leí el artículo publicado en ABC el 21 de diciembre aunque también lo he visto en internet en www.lasprovincias.es). Su comentario está relacionado también con la película “El gran silencio“, que se centra en la vida en un monasterio cartujo. Los subrayados son míos.

Hace unos días, me invitaron a impartir un curso sobre las herramientas necesarias para elaborar un plan de prevención de la violencia y promoción de la convivencia en un centro educativo. Les sugerí que una de las herramientas más importantes que podían utilizar era la gestión del silencio para conseguir un uso adecuado y justo de las palabras. Su sorpresa inicial se transformó en aceptación razonada cuando comprobaron que no era una propuesta exclusiva de quienes simpatizamos con la espiritualidad de los hermanos de Taizé, los carmelitas o los ejercicios ignacianos, sino de algunas escuelas más avanzadas de psicoterapia. Incluso aceptaron el reto de comentar en clase “El gran silencio” , la película de Philip Gröning que estos días está en las carteleras.

Es difícil organizar la convivencia en cualquiera de sus ámbitos y dimensiones si no aprendemos a descubrir, valorar, gestionar y administrar el silencio. Y hacerlo en clave educativa porque el verdadero analfabetismo de nuestro tiempo no está relacionado únicamente con el desconocimiento de la Aritmética y la Gramática. Tampoco está relacionado, como piensan los estrategas de las nuevas tecnologías, con el “analfabetismo digital” que condena irremediablemente a las cavernas de la ignorancia a quienes no gestionan con habilidad el código de Microsoft. Los índices de fracaso escolar describen únicamente un analfabetismo superficial, el analfabetismo profundo se genera lentamente cuando no ofrecemos oportunidades educativas para el silencio.

Gröning nos presenta con pocos artificios el valor del silencio que se mantiene en una cartuja de los Alpes franceses. Probablemente nuestros hijos o alumnos no entiendan que las tramas narrativas también se pueden construir con el silencio, que no toda comunicación se realiza necesariamente con voces, gritos y palabras malsonantes. Es una ocasión para revisar una sociedad donde tenemos mucha información disponible pero poco conocimiento de nosotros mismos y de los demás. Como afirma Gröning: “Ningún videojuego ni ningún programa de televisión pueden resultar tan complejos como un metro cuadrado de hierba que puedes ver crecer día a día. Eso es algo que habría que explicar a los adolescentes de hoy”.

Uno de los cartujos le dijo: “Céntrese en la poesía, la ayudará”. Si quería mostrar con autenticidad y sin artificio no sólo el silencio del monasterio sino el gran silencio en torno al que giraba la vida de aquella comunidad debería centrarse en la poesía. Como quería entender los horarios, las actividades y la organización del tiempo con la clave de un activista moderno seducido por llenar todos los huecos de la agenda, no entendía aquella vida. La poesía ayuda a emprender con rigor, seriedad y profundidad los proyectos comunitarios porque con ella podemos acercarnos al silencio sin descuidar la palabra. La recitación de los salmos y todo el conjunto de oraciones que regulan la vida de la cartuja que se nos presenta en la película son una invitación al cuidado de la palabra interior, personal y comunitaria. Una invitación al cuidado de la palabra no enfrentada con el silencio, una palabra interior y auténtica, fruto de un silencio auténtico y resultado de un encuentro auténtico.

Para muchos, las casi tres horas de película serán insoportables. Además de estar rodeados de ruidos, contaminaciones acústicas y palabras inauténticas, corremos el peligro de creer que la valoración del silencio es una valoración de la mudez. Si reducimos el valor del silencio al valor del simple estar callado o permanecer mudos, entonces quizá confundamos el silencio inauténtico con el silencio auténtico. Hay veces en las que hablar es una obligación, hay veces en las que pronunciar la palabra verdadera es el inicio de una sociedad justa.

Del silencio que nace del recogimiento y la comunicación interior puede surgir el sobrecogimiento que nos lleve a la palabra verdadera. Para ello no basta con permanecer calladitos como astutas almas bellas que no quieren mancharse las manos con el lenguaje de la historia. No basta con no emitir sonidos, es necesario mantenerse a la escucha, mantenerse despiertos, prestar atención y ensanchar el ánimo para que brote una palabra auténtica, una palabra que no es sólo verbal sino cordial, una palabra que deje la huella de una presencia. El repliegue al que apunta el silencio puede ser de dos formas, el de la simple mudez o complicidad ante lo existente y el de la atención y el recogimiento. De este último puede nacer una palabra nueva, un nuevo pensamiento, el despliegue de una palabra verdaderamente significativa. Quizá por eso, cuando la palabra ha nacido del recogimiento y del silencio sincero tiene una creatividad y una fuerza profética que sobrecoge.

Cuando entendemos así el silencio, no hay peligro de que suponga un ensimismamiento en las programaciones educativas. No buscamos el retraimiento o simple repliegue, buscamos un movimiento más complejo con el que queremos invitar a algo así como un repliegue comunicativo donde el silencio auténtico nos abre a una comunicación auténtica. Es un camino complicado porque ni nosotros, ni nuestros hijos, ni nuestros alumnos estamos entrenados para mirar hacia dentro. Aunque es el mejor camino para promover los diferentes tipos de escucha, la empatía, el autoconocimiento y lo que técnicamente llamamos actitudes prosociales.

El silencio es una herramienta educativa porque nos entrena para aprender a escuchar, nos alfabetiza para buscar palabras exactas con las que dialogar, nos permite descubrir que dialogar es algo más que intercambiar frases, ideas o expresiones. Más allá de la simple introspección, y más allá de una psicológica interiorización cada día más necesaria, esta tensión entre repliegue y despliegue, entre recogimiento y sobrecogimiento puede ser la clave para que el tiempo de la comunicación también pueda ser, al menos en la escuela, un tiempo de esperanza.

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